Tipografía y sostenibilidad: más allá de la anécdota

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La sostenibilidad no ha sido una de las prioridades de los diseñadores de tipos. Sin embargo, ahora han de comenzar a preguntarse cómo ser sostenibles en tipografía.


La relación entre legibilidad y economía ha sido —y continúa siendo— un equilibrio determinante en el diseño de tipografía. Incluso antes de que la imprenta se extendiera por toda Europa, la optimización de recursos escasos, como fuera la disponibilidad de pergamino para la ejecución y copia de manuscritos, condicionó el desarrollo de los estilos de escritura.

La aparición de la letra gótica como evolución de la escritura carolingia se debe, en parte, a la necesidad de economizar espacio. Y aunque no fuera esta la única razón, sí fue importante en su configuración como estilo de escritura manuscrita a partir de los siglos XI y XII.

Como apunta Claude Mediavilla, «el desarrollo de las universidades, la creciente cantidad de textos, la aceleración del ritmo de la escritura y la escasez de pergamino», fueron algunos de los aspectos que influyeron en este proceso evolutivo de la escritura caligráfica.También durante esta época se generalizará el uso de formas abreviadas en la escritura, «ya sea para ocupar menos espacio o bien para ganar tiempo» (Mediavilla). Es bien sabido que la escasez agudiza el ingenio.
Algunas de las innovaciones más interesantes en tipografía aparecen cuando se buscan soluciones que permiten optimizar los recursos –independientemente de su disponibilidad–. El uso de la tipografía cursiva –itálica– , a partir del siglo XVI, parte de la voluntad de producir libros más económicos para un mercado creciente de lectores. Aldo Manuzio, célebre impresor veneciano, hizo grabar a Francesco Griffo un tipo basado en la letra cursiva humanista; un tipo que, además de reflejar el espíritu de la época, ocupaba menos espacio que la redonda romana, introducida por Jenson hacia 1470.

Así pues, la necesidad de ajustar los medios a las necesidades y la capacidad para disponer de los recursos, hace que las formas se adapten y evolucionen.

Virgilio, impreso por Aldo Manuzio en Venecia, 1501


Un punto de inflexión

Con la llegada de la imprenta y el desarrollo de la industria papelera, desde la construcción de los primeros molinos para la fabricación de papel, no da la impresión de que el mundo editorial haya encontrado límites importantes en cuanto a disponibilidad de recursos; al menos no los suficientes como para provocar una transformación que condicionara su producción o estructura. Pero desde hace ya algunas décadas sí parece que la industria editorial ha llegado a un importante punto de inflexión y, aunque el soporte pantalla permita reducir el uso del papel, lo cierto es que un cambio de mentalidad en la sociedad y en la profesión (aunque no lo suficientemente significativo) han contribuido a tomar consciencia del impacto ecológico que supone un gasto extensivo y abusivo del papel.

Términos como «ecológico» o «reciclado» han aparecido en el vocabulario profesional, a la vez que la tecnología digital ha ido tomando posiciones en los estudios de diseño. Dichos conceptos no han influido demasiado en el diseño de tipografía, más allá de conformar una cierta consciencia general. Es más, en este campo se da una cierta paradoja, pues con la revolución digital y la aparición de pequeñas fundiciones independientes, el número de nuevos tipos de letra y de fuentes digitales lanzadas al mercado se ha multiplicado exponencialmente. Un hecho que algunos podrán considerar como poco «ecológico», visualmente hablando. Pero nunca jamás habían sido los procesos, en diseño de tipografía, más «ecológicos» y sostenibles como lo son ahora, gracias a la tecnología. No quisiera imaginar la cantidad de árboles talados que se necesitarían para hacer lo mismo en tipos de madera, o las cantidades ingentes de plomo necesario para fundir y distribuir todo ese material. Lo digital es limpio, no contaminante y reduce drásticamente la energía utilizada durante el proceso de producción.

Tipografía y sostenibilidad

La sostenibilidad no ha sido una idea que haya provocado grandes quebraderos de cabeza entre los diseñadores de tipos (y diseñadores gráficos, en general). Seguramente porque, durante el proceso de diseño de una tipografía, no se tiene la sensación de estar contribuyendo a la destrucción del planeta y, una vez diseñado el tipo, se pierde el control de su uso que queda en manos del diseñador que la emplea.

Todo tiene consecuencias, más allá de lo que es previsible, y quizás debamos, pues, empezar a preguntarnos de qué manera podemos ser «sostenibles» en tipografía y a encontrar posibles respuestas. Para algunos diseñadores poco amantes de la proliferación de nuevos tipos de letra, la respuesta es más que evidente. El ruido visual que tantas tipografías puedan ocasionar en el paisaje comunicacional, seguramente llega a provocar quebraderos de cabeza a algunos, pero limitar la creatividad no es una solución. Esto sería entrar en otro debate.

Creo que los conceptos de sostenibilidad y comunicación son cosas bien distintas, aunque en el futuro habrá que comunicar de forma sostenible. Y eso hace referencia a los materiales empleados para generar comunicación, al uso de los recursos naturales, independientemente de la cantidad de posibilidades –tipos de letra, colores, texturas de papel, dispositivos electrónicos– que tengamos a disposición como medios para transmitir la información.

En el diseño de tipografía para prensa, las cuestiones de sostenibilidad no están reñidas con la optimización de la lectura. Tipografías como las diseñadas por Gerard Unger —Swift, Gulliver, Capitolium News— demuestran que se puede ahorrar papel, a la vez que se incrementa la rapidez de lectura, mejorando la legibilidad.

Subiéndose al carro de lo sostenible como concepto novedoso y actual, y con la finalidad de ahorrar tinta, se han realizado propuestas como el diseño del tipo Ecofont, una tipografía sin remates cuyos caracteres, de trazo uniforme, están perforados.

Tipografía Ecofont desarrollada por la empresa holandesa SPRANQ y creada por Gerjon Zomer, Alexander Kraaij y Rick van Den Bos, 2010.



Aunque este tipo de propuestas demuestran un cambio de actitud, resulta una solución un tanto ingenua si pensamos que con solo un ligero estrechamiento de sus formas y sin necesidad de perforar sus trazos, economizamos espacio y, por tanto, tinta. Además, en estos casos, de poca utilidad va a ser el diseño de un tipo si sus formas no son lo suficientemente legibles, o bien si, en los procesos de impresión, se utilizan tintas contaminantes.

Más aún, hay que decir que no todo depende del tipo en sí mismo, sino de la puesta en página. En este punto es determinante el papel del diseñador gráfico (o el tipógrafo) que selecciona una u otra tipografía y decide el aspecto de la «mancha» en la página, lo que equivale a gasto de tinta y uso de papel. Claro que, también, podemos economizar espacio empleando cuerpos de letra menores de lo habitual, pero ello, lógicamente, va en detrimento de la lecturabilidad del texto. La cosa no es tan simple como perforar tipos para ahorrar tinta –o tóner– o emplear tipos más finos o a cuerpos menores.

En tipografía, el concepto de sostenibilidad debería considerarse más como una actitud, una toma de conciencia acerca del mundo en el que vivimos, que como algo que requiera de una respuesta anecdótica. El diseñador de tipos ha de pensar en la utilidad práctica de sus tipografías. Así como el tipógrafo deberá pensar en cómo las utiliza con el fin de optimizar recursos.

Creo que lo «sostenible» en tipografía pasa por diseñar cosas que tengan sentido.



Texto: © Andreu Balius.
Artículo publicado en la revista Monográfica, en Septiembre, 2011.

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